INVISIBLES
Esa mañana
desperté con un malestar indefinido, una sensación incierta, que podría ser una
zozobra del alma, una molestia intestinal o algo enrarecido en el ambiente de
mi habitación. Hice a un lado las cobijas y permanecí recostado, me llevé las
manos a la nuca y contemplé las manchas de humedad en el techo, negándome a
mirar el reloj. Tuve que esforzarme para abandonar la cama y ponerme bajo la
regadera, frotando mis ojos enrarecidos por las telarañas del último sueño, que
se iba diluyendo con el agua de la ducha hasta perderse por la coladera. Pero
fue hasta que me estaba frotando con la toalla que lo advertí. Era una mancha
pequeña, del tamaño de un lunar, por debajo de mi cintura del lado derecho. Pensé
consultar al médico, y no le hubiera dado mayor importancia, sino que advertí
que al mover mi cadera el lunar cambiaba de color, de un tono azul pasaba a un
caoba y después a un blanco brillante. No sé cuánto tiempo pasé girando mi
cintura y admirando los cambios de coloración de aquel pedazo de mi cuerpo, hasta
que comprendí, y entonces tuve que sentarme en el escusado para no caerme. Los
colores que llevaba yo minutos observando en aquel extraño lunar; azul, caoba,
blanco, y viceversa, correspondían exactamente a los colores del mosaico, la
puerta y el sanitario. Y no tuve más que ponerme de pie, de espaldas a la
regadera, para advertir, a través del agujero de mi ingle, el color verde agua que
mi esposa escogió para la cortina.
En principio no
lo comenté con nadie, pero varias veces, durante la jornada de trabajo, me
metía yo al baño para observar, a través de mi cuerpo, los tonos ocre de las
estrechas paredes. Hubieran pasado semanas sin decidirme a hacer nada, sino
repasar mil hipótesis en mi cerebro atribulado, pero una mañana de frío que
presagiaba un invierno anticipado, estando bajo la ducha, me descubrí un
segundo agujero, esta vez en el bíceps izquierdo. Aquello me impactó tanto que
me senté en la vieja tina sin poder hilar pensamiento alguno, hasta que mi mujer,
reprochando el desperdicio de agua me volvió a la realidad. Entonces me animé a
acudir a un médico, el cual me escudriñó con la curiosidad que le dedicamos a
un fenómeno de circo, y tras pedirle yo su absoluta discreción, se comprometió
a consultar a un antiguo profesor suyo. Ya para despedirnos me preguntó:
– ¿Ya buscó usted
en Internet?, allí se puede encontrar de todo.
Por supuesto que
me desvelé varias noches, pretextando un proyecto urgente de la oficina,
buscando de todas las maneras posibles en la gran red. Y encontré un sitio
donde incluso se exponían algunas fotos de agujeros similares a los míos, pero
estaba en un incomprensible idioma oriental. La aparición de un tercer
orificio, junto a mi tetilla derecha, me hizo llamarle al médico, el cual me
respondió escuetamente:
– Ahora estoy
ocupado, pero le tengo buenas noticias. Lo espero mañana por la tarde en el
consultorio de mi profesor, le mando el domicilio en un mensaje. – Larga se me
hizo la espera, y llegué la tarde siguiente, con media hora de anticipación, a
la cita anhelada. El profesor, un señor mayor con lentes de sabio, me interrogó
concienzudamente y tomó notas en una libreta. Después de una inspección, que
para mi horror incluyó pasar la luz de una linterna por mis distintos agujeros,
concluyó:
– Lo suyo es un
fenómeno extraño, y es el primer caso que me toca conocer. Pero se está
presentando en todo el país, y con mayor frecuencia de lo que creíamos. Las
autoridades sanitarias lo están manejando con absoluta reserva, pues no quieren
provocar una ola de pánico, han hecho todo lo posible para ocultar la situación
a la prensa, y también a las redes sociales. Va a tener usted que acudir a
México, al Instituto Nacional de Investigaciones Médicas, le voy a dar una
carta para que lo reciban.
Le tuve que
inventar a mi mujer una dolencia inexistente, creo que cálculos renales, y
convencerla de que era imposible dejar solos a los niños para acompañarme a la
capital, luego solicitar un permiso en la oficina. Cada día me costaba más
trabajo ocultar los agujeros de mi anatomía, que ya ascendían a siete cuando me
trasladé, desesperado, al nacional instituto. Allí me recibieron y trataron
como si fuera un caso de SIDA o algo parecido. Era un pabellón aislado, los
médicos y enfermeras portaban uniformes especiales, cubre bocas y guantes
esterilizados. Tres días duraron los exámenes e interrogatorios, en sesiones
extenuantes, y yo no lograba dormir por las noches, enfundado en aquella batita
ridícula, que apenas lograba cubrir mi desnudez. Al final vino a verme el
director mismo, acompañado de tantos médicos que no cabían en la habitación. Lo
primero que hizo fue una pregunta sin sentido:
– Tuvo usted
alguna mascota durante su infancia. – Yo afirmé con la cabeza. – ¿Recuerda cómo
se llamaba? – Tal vez sería la gravedad de mi mal, lo ridículo de la situación,
o aquella multitud de batas blancas que abarrotaban el cuarto de hospital, pero
no pude acordarme.
– Al parecer ha
entrado en la Fase 2. – Exclamó el director, dirigiéndose a sus colegas. – ¿Me
puede usted repetir la tabla del cinco? – Casi me río en su cara por la
ridícula petición, pero por más esfuerzos que hice no logré decir nada.
Entonces él ratificó su sospecha ante su auditorio, y luego se dirigió a mí con
muy amplias explicaciones.
Según me dijo, mi
padecimiento pertenecía a un nuevo tipo de epidemia que se venía registrado en
el país durante los últimos dos años, cuando menos. Los médicos le denominaban
Síndrome DRE, cuyo significado no supe descifrar. Y consistía en una
desaparición gradual de las personas, que comenzaba con pequeñas porciones del
cuerpo, que se iban haciendo invisibles, y en una segunda fase se iban formando
agujeros equivalentes en la memoria, comenzando con los recuerdos más antiguos,
hasta llegar, en los casos avanzados, a la pérdida total de la conciencia, y en
la etapa terminal, a la desaparición física de la persona.
Se habían traído
expertos internacionales y se conformó un equipo científico de primer nivel,
pero los resultados hasta ahora conocidos eran frustrantes, las personas
desaparecían sin dejar rastro alguno, y los médicos no podían evitarlo. No
estaba demostrado que fuera contagioso, y aparentemente no dependía de la
condición física o circunstancias particulares del paciente, pero era incurable
y fatal por necesidad. Ahora se sabía que hay casos donde la dolencia avanza de
manera acelerada, y se llegan a juntar las fases uno y dos, estos pacientes
duraban días o pocas semanas a lo sumo en desaparecer, y se identificaban por
iniciar con agujeros en los pezones, en el ombligo o los oídos. La única opción
que me podían ofrecer, a decir del director, era recluirme en un albergue que
el gobierno había habilitado de emergencia, donde se mantienen a los pacientes en
las mejores condiciones posibles, y por prevención no se reciben visitas ni
familiares. Aquello era devastador, duré un día más en el hospital, reuniendo
fuerzas para volver a casa y enfrentar la terrible realidad con mi mujer y mis
hijos, para comunicarla a mis padres y hermanos. Al salir tuve que firmar una
carta compromiso de absoluta confidencialidad.
En casa mi mujer
me recibió llena de preguntas, y le tuve que pedir que me esperara a la mañana
siguiente, cuando los niños estuvieran en la escuela hablaríamos largo y
tendido del asunto. Ella comprendió la seriedad de la situación, y me hizo el
regalo de aguantar su propia angustia. Cenamos en silencio, y mientras ella
lavaba los trastes, yo llevé a acostar a los niños, dejé al muchacho en su
cama, y luego fui a darle la bendición a mi hija la mayor, que a sus siete años
es una chica muy despierta. No se había acostado ni apagaba aún la lámpara de
noche. Al verme entrar se puso de pie, se levantó la blusa del pijama, y me
dijo emocionada:
– Mira papá, soy
mágica. Puedo ver a través de mi tetilla izquierda. – Y al decirlo pegó su
espalda a la lámpara, y yo observé horrorizado el pequeño haz de luz saliendo
de su pecho. Entonces la abracé con tanta fuerza que ella batalló para
soltarse.
– No te apures
petirrojillo, – Le dije cuando tuve aliento, – todo va a estar bien. Todo va a
salir bien.
Pero ella me
preguntó:
– ¿Quién es
petirrojillo?
- ¿No te
acuerdas?, es el cuento que te leía para dormir cuando estabas en el kínder. – Y
en su mirada de desconcierto pude adivinar que no existía ningún registro del
petirrojillo en su pequeña memoria.
ALFREDO T. ORTEGA
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