UN TUFO INDEFINIDO



UN TUFO INDEFINIDO

"¿Qué es ese olor?", preguntó el extranjero, frunciendo la nariz. El ingeniero alzó la cara y aspiró el aire aún frío de la mañana. "Son las aguas negras", respondió al cabo, "con el colapso de los drenajes, en este país tropical respiramos mierda". El grupo siguió avanzando, y a media mañana llegaron hasta una zona industrial en las afueras. Se detuvieron a descansar y el foráneo aspiró hondo para oxigenar sus pulmones. "Ahora es más fuerte", exclamó como mirando el aire aún fresco. "Con el frío invernal tenemos inversión térmica," explicó la joven asistente, "provoca una concentración de gases y sólidos más alta de lo que la norma permite". El visitante se quedó pensando, y asintió como si llegara a una conclusión. Continuaron su marcha, las edificaciones comenzaban a escasear a medida que el sol se elevaba sobre el cielo grisáceo, e iba calentando una campiña bañada por ráfagas de un polvo amarillento. "Aún persiste ese aroma indefinido", insistió el extranjero cuando pararon a comer bajo unos mezquites de ramaje escuálido, que apenas lograban cubrir del sol. "La basura se pudre a cielo abierto", explicó el más joven de los ingenieros, "no tenemos rellenos sanitarios, mucho menos plantas de reciclado. La gente tira sus desechos donde puede". Caminaron toda la tarde por el llano interminable, y ya el sol se iba acostando sobre los cerros lejanos cuando alcanzaron el promontorio que marcaba el fin de la jornada. Depositaron los equipos en el suelo y se limpiaron el sudor con las mangas de la camisa. El extranjero se quitó el sombrero y se abanicó la cara, marcada por surcos de polvo humedecido por la transpiración. "Pero ese tufo indefinido", pensó en voz alta, "tiene un cierto saborcillo agridulce". Los demás guardaron silencio, cansados de buscar una respuesta. Pero en la tarde que declinaba se escuchó la voz del peón que cargaba las mochilas de bastimento: "Es el olor de la carroña", dijo sin mirar a nadie, "este país es una sepultura gigante. Respiramos la pudrición de nuestros muertos clandestinos."
Alfredo T. Ortega


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