LAS SOMBRAS DEL AGUA



LAS SOMBRAS DEL AGUA

Por las noches las fuentes refrescan la vida de la ciudad, el dulce sonido del agua que fluye, huye y se decanta, matiza el estruendo de los automotores. Los chorros de agua mojan las piedras, que reflejan y refractan las luces de los faros al pasar y las luminarias callejeras, inundando de destellos el entorno y de una alegría pasajera a los automovilistas y peatones que por allí circulan. Alguien se detiene en el semáforo, baja la ventanilla y aspira hondo el aire humedecido por la brisa de la fuente, entonces, por un breve instante, voltea y mira a su mujer con un brillo distinto de los ojos. Pero algunos, unos pocos, al mirar la fuente alucinada logran percibir, apenas con el rabillo del ojo, entre la piedra que brilla y la danza luminosa de los chorros, que algo, una sombra apenas, silenciosa y clandestina, se desliza, una entrecortada y momentánea oscuridad, que se mueve como si caminara, alrededor la fuente. Fugaz imagen, alucinación milimétrica, que se confunde entre la luz del agua y los afluentes de la ciudad. Pero hay quien afirma, siempre los hay, que una afortunada ocasión un chorro de agua amplió su arco, la piedra húmeda desvió su luz, y el involuntario testigo logró mirar, por menos de lo que dura una coma, la anónima sombra de las fuentes. Y más aún, asevera el insensato, alcanzó a distinguir una mochila, una camisa deslavada, zapatos desahuciados y un acento del sur, antes de que el baile luminoso del agua la volviese a engullir.

Alfredo T. Ortega

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