CARTA A FRAY ANTONIO ALCALDE DESDE UNA HERNIA QUE YA NO ESTÁ




CARTA A FRAY ANTONIO ALCALDE DESDE UNA HERNIA QUE YA NO ESTÁ



Señor Antonio Alcalde y Barriga, fraile, prior y obispo:

Las dolencias del cuerpo, que han acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos, de vez en cuando se materializan en uno de cierta manera que no admite sino la intervención de un experto en materia de salud. Tal fue mi caso cuando los músculos que cubren mi abdomen se rasgaron a la altura de la ingle, y el riesgo de que mis vísceras encontraran un camino equivocado y terminaran por estrangularse, me orilló a acudir al que alguna vez fuera el Real Hospital de San Miguel. Eso fue a finales de 1587, según expertos, cuando abrió sus puertas el nosocomio, no cuando mi hernia requirió atención médica. Pero ya antes usted y yo habíamos entablado tratos, en ocasión de un mal mayor que ponía en riesgo mi existencia.

Y pienso ahora en la cadena de circunstancias que pusieron dos veces mi humanidad doliente en el camino de su obra y su legado. Que un joven huérfano de madre del pueblo de Cigales viajara a Valladolid, la española, la otra se nos convirtió en Morelia, para ingresar al convento de San Pablo, y se convirtiera en un fraile dominico de la Orden de los Predicadores, en aquellas primeras décadas del siglo dieciocho español, era un destino más común de lo que ahora pensamos. Pero que su destacable carrera magisterial y teológica lo condujera, sin usted pedirlo, por el camino de los prioratos, en Zamora y Valverde, y de allí a Santa Cruz de Segovia, el principal, el de Domingo de Guzmán, cuando ya se había echado sesenta años a cuestas, es lo menos frecuente.

Pero no llegó por culpa de las liebres, o de la afición del rey del "despotismo ilustrado" por cazarlas, de lo cual da cuenta Goya en su famoso cuadro. De aquella cacería en los campos de Valverde, del cansancio del rey y su decisión, o sugerencia escuchada, de descansar en el convento de Jesús María, y buscar los aposentos del prior, suponiéndolos los mejores, dependió el destino de usted como obispo novohispano, su sobrenombre de "fraile de la calavera", el fortuito destino de la Nueva Galicia y sus dos instituciones beneméritas; la Universidad y el Hospital de San Miguel de Belén. Y de la armoniosa colaboración de ambas, creaciones de su visión humanitaria, sus ideas de ilustración y su empeño sin término, que no murió con usted en aquel 1792, nació el hospital escuela que hasta nuestros días ha formado las generaciones de médicos y los virtuosos cirujanos que hoy nos tienen no sólo en vida a mi esposa y a un servidor, sino en cabal salud.

Benditas liebres de Valverde, pero aún más Carlos III, que le supo enviar a la blanca Mérida y de allí a Guadalajara, justo cuando el año del hambre hacía estragos en la población, que autorizó el plano arquitectónico, anhelo de los benditos betlemitas, para un nuevo hospital, y Carlos IV que respondió a sus gestiones para abrir la Real y Literaria Universidad. Pero es a usted, Fray Antonio, a quien nuestra gratitud se obliga, desde la humanidad doliente, por el legado perpetuo que ha permitido que sus directores, médicos, residentes, enfermeras y demás empleados, sigan convirtiendo al Antiguo Hospital Civil de Guadalajara, que no podría llevar otro nombre, en una virtual urbe de ángeles.
Salud a usted y a su legado,

Alfredo T. Ortega


LAS SOMBRAS DEL AGUA



LAS SOMBRAS DEL AGUA

Por las noches las fuentes refrescan la vida de la ciudad, el dulce sonido del agua que fluye, huye y se decanta, matiza el estruendo de los automotores. Los chorros de agua mojan las piedras, que reflejan y refractan las luces de los faros al pasar y las luminarias callejeras, inundando de destellos el entorno y de una alegría pasajera a los automovilistas y peatones que por allí circulan. Alguien se detiene en el semáforo, baja la ventanilla y aspira hondo el aire humedecido por la brisa de la fuente, entonces, por un breve instante, voltea y mira a su mujer con un brillo distinto de los ojos. Pero algunos, unos pocos, al mirar la fuente alucinada logran percibir, apenas con el rabillo del ojo, entre la piedra que brilla y la danza luminosa de los chorros, que algo, una sombra apenas, silenciosa y clandestina, se desliza, una entrecortada y momentánea oscuridad, que se mueve como si caminara, alrededor la fuente. Fugaz imagen, alucinación milimétrica, que se confunde entre la luz del agua y los afluentes de la ciudad. Pero hay quien afirma, siempre los hay, que una afortunada ocasión un chorro de agua amplió su arco, la piedra húmeda desvió su luz, y el involuntario testigo logró mirar, por menos de lo que dura una coma, la anónima sombra de las fuentes. Y más aún, asevera el insensato, alcanzó a distinguir una mochila, una camisa deslavada, zapatos desahuciados y un acento del sur, antes de que el baile luminoso del agua la volviese a engullir.

Alfredo T. Ortega

MI INCONFESABLE PASION POR LAS AHOGADAS




INESPERADA EXPOSICIÓN DE UN HONORABLE MIEMBRO DE LA AEMSOMOS:


DE MI INCONFESABLE PASIÓN POR LAS AHOGADAS

Uno debería dolerse ante el lamentable espectáculo de una ahogada. Ante ese cuerpo que yace inerte en un charco que es como su propia sangre derramada, su carne, antes cálida y suave, ahora fría y amoratada. Su piel, su corteza otrora firme, reblandecida por la humedad que mana por sus poros. Pero alguna pieza mal acomodada en los confines de mi alma, alguna cuerda destemplada de mis instintos profundos, provoca que la vista de una ahogada me despierte un anhelo, una pasión que no me atrevo a confesar, pero que de igual manera no dejo de sentir y sufrir. Basta tener ante mí una ahogada, víctima propicia al sacrificio, estilando vida todavía sobre la húmeda acuosidad que la envuelve, para que inmediatamente surja en mí el deseo de poseerla, de dominarla, de devorarla. Y ni los principios morales, ni todas las convenciones sociales juntas, y ni aún las miradas ajenas, son suficientes para contener, para detener a tiempo, el impulso que me lanza sobre la desafortunada indefensa, para regocijo de mis basales y primitivas angustias. Y no bien he terminado de saciar mis instintos en su carne, devorando hasta su último mendrugo, mis manos aún teñidas de su roja sangre, cuando ya ha nacido en mí, una vez más, el insano anhelo por una siguiente víctima. Iniciando así una espiral que seguramente conduce a los infiernos, donde algún día iré para expiar esta lujuria, esta gula que corroe y alimenta mis entrañas.

Alfredo T. Ortega

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